La crisis deportiva de los Las Vegas Raiders dejó de ser solo una cuestión de resultados para convertirse en un problema estructural que expone tensiones internas, decisiones erráticas y una influencia cada vez más visible fuera del campo. En Estados Unidos, el foco se ha centrado en el papel que juega Tom Brady, ahora como propietario minoritario, dentro de una organización sumida en el desorden.
La temporada terminó con uno de los peores registros de la franquicia en años recientes, acompañada de cambios constantes en la toma de decisiones y una sensación de falta de rumbo. Además, reportes internos describen reuniones privadas, desacuerdos en la cúpula y una estructura donde las líneas de autoridad resultaron difusas. Todo ello ocurrió bajo la supervisión del dueño Mark Davis, quien permitió un modelo poco convencional de influencia.
Tom Brady Raiders y el poder fuera del campo
La participación de Brady no se limitó a un rol simbólico. Fuentes cercanas a la liga señalan que su opinión influyó en evaluaciones de entrenadores, jugadores y en la dirección general del proyecto deportivo. Asimismo, tras la salida del entrenador en jefe, su voz se volvió relevante en la búsqueda de un nuevo liderazgo, algo inusual para un propietario minoritario.
Por otro lado, esta dinámica generó fricciones internas. Algunos ejecutivos y agentes consideran que la presencia de una figura con tanto peso mediático alteró los equilibrios tradicionales. En consecuencia, la toma de decisiones perdió claridad y coherencia en momentos clave de la temporada.
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Un modelo cuestionado en la NFL actual
El caso de los Raiders reabre el debate sobre el rol de exestrellas como inversionistas activos. También plantea interrogantes sobre los límites entre asesoría, influencia y control operativo. De igual manera, la doble faceta de Brady como analista televisivo y propietario generó cuestionamientos sobre posibles conflictos de interés.
Datos internos revelan que la franquicia ha cambiado de entrenador en jefe en numerosas ocasiones desde el año 2000, un patrón que explica la inestabilidad crónica y refuerza la necesidad de un proyecto deportivo claro y sostenido.